Una historia de reencuentro y alquimia
La guerra interna.
Durante los primeros años de mi adolescencia, me sentía insegura y desconectada. Vivía en supervivencia, intentando encajar en mi entorno y con una ansiedad que me acompañaba constantemente.
Mi valor propio y autoestima estaban ligadas a cómo me veía y si me sentía gorda o delgada. Lo superficial era lo más importante. Hacía ejercicio y dietas restrictivas obsesivamente, lo que me llevó a un desorden alimenticio que escondí con éxito de mis personas más cercanas por años.
Aprendí a desconectarme.
Soy una persona altamente sensible y en aquel tiempo no sabía cómo vivir mis emociones sin des-regularme. Ante la falta de herramientas, mi mecanismo más natural era evadirme y adormecerme con alcohol, pastillas, marihuana y vida social.
Después de años de abandonarme y buscar la solución en cosas superficiales, toqué mi punto más bajo. Tenía “todo” lo que creía que haría hacer feliz, pero estaba deprimida. Empecé a pensar que algo estaba mal conmigo. Vivía cediendo mi energía a cosas externas y creyendo que me tenía que conformar con la "paz" y la diversión pasajera de los sedantes y los fines de semana sociales, pero en el fondo sentía una apatía profunda hacia mi vida.
Mis creencias alimentaban mi conducta auto-destructiva.
Creía que tenía que llenar las expectativas del mundo que me rodeaba. Creía que mi salvación estaba en alguien o en algo o en algún lugar allá afuera. En aquel entonces no me daba cuenta, pero la idea de que necesitaba algo fuera de mí misma para sentirme plena, me estaba ahogando.
Cuando vas creciendo, vas absorbiendo un montón de ideas y aspiraciones ajenas. Viví así, sin saber quién era, hasta aproximadamente los diecisiete años.
Espiritualmente, estaba seca.
No me conocía, no realmente. No al nivel del alma. Desconectada de mi esencia, y viviendo así, era peor que la idea de estar muerta. Nunca me cuestioné ¿quién soy? ¿qué es lo que yo deseo? ¿para qué estoy aquí?, hasta que el vacío se volvió insostenible y se me ocurrió que sería mejor morirme.
Ahí supe que tenía que hacer algo diferente.
Pasos iniciáticos.
En el 2010 me abrí a lo nuevo y bajé las defensas del ego (ese ego que le huye a lo diferente como a la peste).
Me dije, ¿qué puede ser peor que vivir así toda mi vida?, y aquí empezaron a cambiar las cosas.
Cambié de círculo social y le dije adiós al estilo de vida auto-destructivo del entorno que frecuentaba. Me aventuré a lo nuevo en una comunidad religiosa donde —por primera vez— sentí mi corazón abrirse a la presencia de algo superior.
Un año después, me di cuenta de algo. La religión seguía siendo una forma de buscar mi salvación por medio de algo externo; pero no fue tiempo perdido: la semilla se sembró. Mi corazón se había abierto y ese fue el verdadero milagro. Recordé que Dios no está en ningún lado, y que no necesito a un pastor, ni una congregación para sentirlo o escucharlo. Me sentí en paz porque sentí su luz adentro. Por fin pude entenderlo. La conexión con mi espíritu era lo que me había faltado todo este tiempo.
Empecé a escucharme. Mi intuición se volvió mi brújula infalible, y no pasó mucho para me dijera que era tiempo de mudarme a miles de kilómetros de mi ciudad natal.
Tenía diecinueve años, recién llegada a la capital de mi país y había algo en el aire que me inspiraba libertad. Se me antojó conocerme más y expresarme más auténtica. Me tomó tiempo irme quitando capas de lo que ya no era (o quizás nunca fui). A los seis meses de haber llegado, me salí de la carrera que había elegido estudiar porque no se sentía alineada. Era la segunda carrera “fallida” en mí travesía como universitaria, y muy harta de sentir que me equivocaba, me prometí que sólo iba a leer y estudiar lo que me despertara una verdadera y auténtica curiosidad — y, con el permiso de mi padre, así lo hice.
Dejarme guiar por mi intuición fue la mejor decision estratégica y evolutiva de mi vida. Al soltar lo que creí que "tenía que ser", me di permiso para florecer.
Entré a la carrera de psicología — que fue lo que siempre me había llamado pero no había escuchado por obedecer a la creencia implantada de que me iba a “morir de hambre”. En paralelo, y sin la mínima intención de evitar sucumbir ante mi fascinación fresca por las ciencias espirituales, empecé mis estudios en meditación y kundalini yoga.
Con mi intuición al frente, se fue abriendo el sendero que después me llevó a la tradición chamánica, las plantas medicinales y los temazcales. Entré en contacto con el espíritu de la tierra y entendí que el cuerpo es una expresión materializada del espíritu, lo cual tuvo un impacto profundo de purificación en mi relación con la tierra y con mi cuerpo.
Empecé a sentirme en casa, lo que para mí es estar en paz. Antes no lo sabía pero por esta época lo empecé a comprender: buscaba erróneamente la felicidad, cuándo lo que realmente deseaba encontrar era mi paz.
El salto cuántico.
En 2016 fue la culminación de un proceso largo de trabajo interno.
Ese año atravesé la muerte más dolorosa y profunda de mi mundo conocido y mi vieja identidad — nos gusta pensar que las culminaciones son luminosas como la luna en fase llena. Pero en la realidad, suelen doler hasta los huesos.
Seguía cultivando mi espiritualidad y mi salud emocional con las tecnologías del kundalini, la meditación, la terapia y las plantas, pero ese año se apareció otro sendero. Se abrió un programa grupal presencial que profundizaba en los misterios del sagrado femenino, que impartiría la co-fundadora de la escuela de yoga a la que yo asistía, y algo me dijo fuertemente que era momento de adentrarme y explorar mis aguas femeninas.
Fue un proceso iniciático que duró meses y me enseñó una nueva mirada de mi ser mujer, mi menstruación y mis dones femeninos. Fue la primera vez que algo retaba y transformaba mi percepción y mi relación con mi propio ciclo y mi feminidad. Conocí las círculos de mujeres y asimilé el impacto sanador tan potente que tienen en la psique femenina. Empecé a cambiar la relación con mi útero. Con mi sangre. Con mis cambios mes a mes. Miré mi herida de desvalorización femenina y me decidí a sanarla; es decir, aprendí a valorar todo lo que el mundo me enseño a rechazar o incluso ignorar de mí como mujer.
Este proceso liberó una fuerza que me llevó a soltar las últimas pieles que quedaban de la que fui, y en junio del mismo año me despedí —con mucho miedo y dolor, pero profunda certeza— de la pareja que estuvo conmigo desde el 2007, y que ya no era un match para la nueva frecuencia que estaba encarnando.
Esa fue la muerte que terminó por cambiarlo todo.
Los meses siguientes fueron caóticos, intensos, incómodos, pero necesarios para iniciarme en un nuevo nivel de madurez y responsabilidad personal.
Fueron la antesala de una nueva etapa de mi vida,
donde entrené la valentía y el coraje que iba a necesitar más adelante para animarme a tomar enserio mi vida, mi llamado y mi mensaje.
El oro alquímico.
Lo que antes buscaba fuera de mí, sólo yo puedo darme.
Ahora lo sé.
Lo que el alma anhela, no se llama felicidad, se llama paz; porque no hay nada como la paz que sólo la armonía y el amor interior puede darte.
En mi camino aprendí que el amor no se pide, sino que se cultiva adentro; y que cultivar armonía en la propia vida es posible, pero sólo si hay responsabilidad y devoción profunda hacia uno mismo.
La vida es maestra de transformación. Cada vez que ella nos reta a trascender lo que una vez creímos ser, por más doloroso que sea, es para abrir espacio a una expresión más libre y más honesta de nuestro ser.
Hoy sé que mi realidad externa es un reflejo de mi realidad interna, y no lo digo porque lo leí en un libro o lo escuché de algún gurú… Lo sé porque lo he vivido.
Mi primer territorio de responsabilidad soy yo misma. Lo único que puedo amar y mejorar, es a mí misma. Lo demás surge de ahí.
No hay labor más noble, para nuestro ser individual y el colectivo, que desinstalar todos los programas de separación que nos alejan de nosotros mismos, y que terminan por alejarnos de los demás.
La chamba interna es un amuleto de poder porque te cambia la vida, y cambia el mundo.
“Como es adentro es afuera” no es una frase bonita, es una ley.
El ciclo sigue.
Mientras seguimos acá el aprendizaje no termina. Decir "ya llegué" es una ilusión que ignora la naturaleza infinita del alma.
Sigo aprendiendo. Me sigo cultivando. Sigo evolucionando. Hoy soy esta, mañana seré otra, pero hoy habito mis días con mucha más confianza, paz, claridad y amor.
Estoy aquí con para poner mi grano de arena. Sueño que seamos cada vez más personas caminando ancladas en su cuerpo y su alma. Que aprendamos a experimentar el amor como una fuerza que brota de adentro y que irradiemos confianza en cada paso, sintiéndonos sostenidos por la Perfección Divina mientras recorremos los senderos dulces, y también los más desafiantes de nuestra vida.
Por mí y por todas mis relaciones.